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Cuando la explicación sostiene a la obra



¿Hasta dónde podemos respetar el supuesto arte?

Hace unos días, frente a una fotografía tomada casi al azar, me encontré pensando en esa pregunta.

Una imagen hecha desde arriba de un auto, sin una búsqueda técnica evidente, sin demasiado reparo por el encuadre, la luz o la composición. Una de esas fotografías que podrían haber sido simplemente un disparo casual.

Sin embargo, detrás de ella había una explicación.

Una intención.

Un concepto que debía completar aquello que yo estaba viendo.

Y cuanto más intentaba encontrar en la imagen aquello que el discurso señalaba, menos lo encontraba.

No porque una obra tenga que ser inmediatamente comprensible.

No creo en eso.

Una obra puede desconcertar, puede incomodar, puede incluso resistirse a ser explicada.

El problema aparece en otro lugar.

Cuando la explicación deja de acompañar a la obra y empieza a hacer el trabajo que la obra no consigue hacer.

Ahí es donde algo me genera sospecha.

Y pensé en algunos ejemplos que ya forman parte casi del repertorio de discusiones sobre arte contemporáneo: una banana pegada con cinta a una pared, una obra construida alrededor de la ausencia de un objeto, una escultura de aire presentada como “nada”.

No me interesa demasiado decidir si esas cosas son arte o no.

La pregunta me parece bastante menos interesante que otra:

¿Qué queda cuando quitamos la explicación?

Porque podemos construir alrededor de cualquier objeto un discurso suficientemente sofisticado.

Podemos hablar de contexto, de vacío, de ausencia, de consumo, de identidad, de capitalismo, de memoria, de percepción, de los límites de la obra.

Y probablemente podamos encontrar una relación.

El problema es que encontrar un concepto alrededor de algo no necesariamente convierte ese algo en una obra de arte.

Un concepto puede tener valor.

Una idea puede ser interesante.

Un planteo puede resultar provocador.

Pero eso no significa necesariamente que haya una obra.

Y quizás ahí estamos confundiendo dos cosas.

El valor de una idea y el valor artístico de aquello que la materializa.

Una obra puede necesitar explicación. Claro.

Pero si necesita una explicación interminable para que podamos empezar a verla, quizás deberíamos preguntarnos qué estamos mirando realmente.

Hay algo paradójico en esto.

Cuanto más se explica una obra, más parece cerrarse la posibilidad de que podamos encontrar algo por nuestra cuenta.

El artista nos dice qué significa.

El texto curatorial nos dice qué debemos observar.

La institución nos proporciona el contexto.

El crítico nos proporciona otra interpretación.

Y finalmente nosotros terminamos frente a la obra con una especie de manual de instrucciones.

¿Dónde quedó la experiencia?

No estoy diciendo que una obra tenga que hablar por sí sola.

Eso también sería una simplificación.

Hay obras complejas, históricas, conceptuales o experimentales que necesitan contexto para ser comprendidas en profundidad. El conocimiento puede abrir puertas.

Pero una cosa es que el contexto amplíe la experiencia y otra muy diferente es que la fabrique.

Si después de quitar todo el discurso no queda absolutamente nada que mirar, quizás el problema no esté en nuestra capacidad para entender la obra.

Quizás esté en la obra.

Y acá aparece otra cuestión incómoda: la técnica.

No creo que una obra sea buena porque está técnicamente bien hecha.

Una fotografía técnicamente perfecta puede ser completamente irrelevante.

Una pintura impecablemente ejecutada puede no tener nada que decir.

Pero tampoco creo que podamos convertir la ausencia de técnica en una virtud automática.

Que algo sea fácil de hacer no lo vuelve profundo.

Que algo sea accidental no lo vuelve significativo.

Que algo sea difícil de explicar no lo vuelve complejo.

Y que una idea pueda expresarse con palabras sofisticadas tampoco significa que haya conseguido convertirse en arte.

Quizás uno de los problemas actuales sea justamente ese: hemos aprendido a valorar tanto el concepto que a veces terminamos disculpando la ausencia de obra.

Como si tener una idea fuera suficiente.

Como si decir “esto habla sobre...” alcanzara para transformar cualquier cosa en una experiencia artística.

Pero el arte ocurre en otro lugar.

O debería ocurrir.

Entre la idea y su forma.

Entre lo que el artista quiso hacer y lo que efectivamente consiguió hacer.

Entre la obra y quien la mira.

Por eso tampoco me interesa exigirle a una obra que pueda ser explicada en una frase.

Prefiero que me deje algo que no sé nombrar.

Una tensión.

Una imagen.

Una incomodidad.

Una pregunta.

Algo que permanezca incluso después de haber olvidado la explicación.

Porque quizás ahí esté una de las diferencias entre una obra que necesita contexto y una obra que necesita que la defiendan.

La primera nos invita a mirar más.

La segunda nos obliga a escuchar más.

Y cuando una obra necesita que alguien hable demasiado para convencernos de que estamos frente a una obra, empiezo a sospechar.

No necesariamente de la idea.

De la obra.

Porque puede haber un concepto brillante detrás de una cosa.

Puede haber una reflexión interesante.

Puede haber incluso una provocación inteligente.

Pero eso no garantiza que exista arte.

Y quizás la pregunta más incómoda no sea “¿esto es arte?”

Sino:

“¿Qué queda cuando dejamos de explicarlo?”




El tiempo no mejora una mala imagen

 


Hay una idea que aparece con frecuencia cuando se habla de arte: que aquello que se transforma lentamente, que requiere paciencia, acumulación y trabajo minucioso, adquiere por ese mismo proceso un valor especial.

La idea tiene algo seductor.

También algo peligroso.

Porque parece establecer una relación casi natural entre tiempo y valor. Entre dificultad y profundidad. Entre cantidad de trabajo y calidad.

Como si el esfuerzo pudiera verse directamente en la obra.

Como si pudiéramos medir su valor en horas.

Hay algo profundamente instalado en nuestra cultura alrededor de la idea de que lo laborioso es valioso. Que detenerse, esperar, repetir, corregir y acumular capas constituye, en sí mismo, una virtud.

Pero ¿qué ocurre cuando trasladamos esa lógica al arte?

Un vino puede mejorar con el tiempo. Sí.

Pero no cualquier vino.

Hay vinos hechos para la guarda. Su estructura, sus componentes y su equilibrio permiten que el tiempo produzca una transformación. El tiempo no inventa esa calidad: trabaja sobre ella. La desarrolla, la modifica, la profundiza.

Un vino malo no se convierte en bueno porque lo dejemos veinte años en una bodega.

Probablemente solo tengamos, veinte años después, un vino malo mucho más viejo.

Con las imágenes ocurre algo parecido.

El tiempo puede ser una herramienta. Puede permitir que una idea madure, que una obra encuentre su forma, que aparezcan relaciones que al principio no eran visibles.

Pero el tiempo, por sí mismo, no produce valor.

Tampoco lo produce la dificultad.

Ni la cantidad de pasos necesarios para llegar a una imagen.

Ni la paciencia.

Ni la minuciosidad.

Todas esas cosas pueden estar presentes en una gran obra. Pero su presencia no la convierte automáticamente en una gran obra.

Y quizás aquí aparece una confusión bastante contemporánea: hemos aprendido a valorar el proceso casi tanto como el resultado. A veces incluso más.

Nos interesa saber cuánto tardó alguien en hacer algo. Cuántas capas tiene. Cuántas fotografías tomó. Cuántas horas pasó frente a una computadora. Cuántas pruebas realizó.

La obra empieza a funcionar también como evidencia del esfuerzo.

Y entonces aparece una especie de ética del trabajo aplicada al arte: cuanto más difícil fue hacerlo, más debería valer.

Pero una obra de arte no es un examen de resistencia.

No necesariamente es mejor aquello que costó más.

Una imagen puede aparecer en segundos y permanecer durante años en nuestra cabeza.

Otra puede necesitar meses de elaboración y no conseguir producir absolutamente nada.

La dificultad pertenece al proceso.

El sentido pertenece a la obra.

Durante mucho tiempo, además, ciertas limitaciones técnicas hicieron que la fotografía estuviera inevitablemente asociada a procesos lentos. Preparar, esperar, revelar, copiar, ampliar. Había tiempos que no podían acelerarse.

Hoy buena parte de esos tiempos desaparecieron.

Y la aparición de las inteligencias artificiales lleva esa transformación todavía más lejos.

Podemos producir, modificar, combinar, descartar y volver a empezar a una velocidad que hasta hace muy poco resultaba inimaginable.

Esto genera una incomodidad evidente.

Si una imagen que antes podía requerir días ahora puede construirse en minutos, ¿pierde valor?

Si una herramienta permite hacer en diez minutos algo que antes llevaba diez horas, ¿debemos considerar más valiosa la versión lenta?

No estoy seguro de que la respuesta pueda ser sí.

Porque entonces estaríamos valorando el tiempo empleado y no aquello que ese tiempo produjo.

La IA pone en evidencia algo que ya estaba ocurriendo: el tiempo dejó de ser una medida confiable del valor de una imagen.

Y esto no significa que haya que abandonar lo artesanal, lo minucioso o lo lento.

Sería una conclusión demasiado fácil.

Hay obras cuyo sentido necesita de la repetición. Hay procesos donde la acumulación es parte fundamental de lo que se quiere decir. Hay artistas para quienes el tiempo no es un obstáculo sino el propio material de la obra.

Pero ahí está la diferencia.

No es lo mismo que una obra sea lenta porque necesita serlo, a que pensemos que debe ser lenta para ser valiosa.

No es lo mismo trabajar minuciosamente porque la obra lo exige, que convertir la minuciosidad en una virtud artística en sí misma.

Quizás deberíamos desconfiar un poco de esa fascinación por el tiempo y el trabajo acumulado.

Porque también podría ocurrir exactamente lo contrario.

Quizás la transformación tecnológica nos obligue a dejar de admirar cuánto trabajo hay detrás de una imagen y empezar a preguntarnos qué hace realmente esa imagen con nosotros.

La pregunta ya no sería:

¿Cuánto tiempo llevó hacerla?

Sino:

¿Era necesario todo ese tiempo?

Y después, una pregunta todavía más incómoda:

¿Qué quedó en la imagen de todo ese esfuerzo?

Porque el arte no debería ser necesariamente la celebración del trabajo que costó producirlo.

Una imagen no es mejor porque podamos imaginar al artista agotado detrás de ella.

A veces una imagen necesita años.

A veces necesita una tarde.

A veces necesita un accidente.

A veces necesita diez minutos.

Y a veces necesita solamente que alguien sepa cuándo detenerse.

El tiempo puede transformar una obra.

Pero no puede decidir por nosotros si esa obra tenía algo que decir.




La memoria no guarda imágenes





Siempre imaginé la memoria como una especie de archivo. Un lugar donde las cosas permanecen: rostros, lugares, escenas, voces, momentos. Como si recordar fuera volver a abrir una carpeta y encontrar allí, intacta, una imagen del pasado.

Pero quizás la memoria no funciona de ese modo.

Cada vez que recordamos algo, también lo modificamos. El tiempo cambia los detalles, desplaza otros, mezcla momentos distintos. Algunas cosas desaparecen y otras adquieren una importancia que quizás nunca tuvieron. Un recuerdo puede conservar una sensación mientras pierde completamente la escena que la produjo.

No recordamos una imagen. Recordamos una construcción.

Y quizás por eso las fotografías tienen una relación tan particular con la memoria.

Una fotografía parece ofrecer exactamente lo contrario: algo fijo. Un fragmento de tiempo detenido, una superficie que afirma que aquello estuvo allí. Podemos volver a ella años después y reconocer un rostro, un lugar, una determinada luz.

Pero la fotografía tampoco conserva aquello que creemos conservar.

Una imagen puede devolvernos un lugar que ya no existe, aunque no necesariamente nos devuelve la experiencia que tuvimos en ese lugar. Puede mostrarnos un rostro que reconocemos y, al mismo tiempo, hacernos descubrir que ya no recordamos exactamente cómo era esa persona. Puede incluso modificar nuestro recuerdo: con el tiempo, la fotografía puede terminar ocupando el lugar de la experiencia original.

A veces creemos recordar porque podemos mirar una fotografía.

Quizás sea al revés: algunas veces creemos haber vivido algo de determinada manera porque hemos visto demasiadas veces su imagen.

La fotografía, entonces, no sería solamente una herramienta para preservar la memoria. También participa en su construcción.

Hay algo paradójico en esto. Fotografiamos para conservar, pero aquello que conservamos no es necesariamente lo que recordaremos. La fotografía fija un instante mientras el recuerdo continúa desplazándose.

Por eso una imagen antigua puede resultarnos extraña. Reconocemos lo que vemos, pero no necesariamente reconocemos la forma en que lo recordábamos.

Entre ambas cosas —la imagen y el recuerdo— queda una distancia.

Es en esa distancia donde quizás aparece algo interesante.

La memoria no es un archivo ordenado de acontecimientos. Se parece más a una superficie sobre la que las cosas dejan marcas. Algunas permanecen durante años. Otras se borran casi por completo. Algunas vuelven cuando algo las activa: una imagen, un olor, una textura, una palabra. Y cuando vuelven, nunca regresan exactamente de la misma manera.

Tal vez recordar no sea recuperar una imagen del pasado.

Tal vez sea volver a producirla.

Y entonces fotografiar podría ser también eso: no solamente intentar detener algo antes de que desaparezca, sino generar una nueva forma de volver a mirarlo.

Una imagen no nos devuelve el pasado.

Nos devuelve una posibilidad de construirlo nuevamente.





La inteligencia artificial y la crisis de la mirada

 Hace un tiempo publiqué una pregunta que atraviesa hoy muchas discusiones culturales: ¿sobrevivirá el arte humano a la inteligencia artificial?

Tal vez la pregunta correcta no sea esa.

Durante meses una misma pregunta comenzó a repetirse en distintos ámbitos culturales:
¿la inteligencia artificial va a reemplazar a los artistas?

La inquietud aparece en la fotografía, pero también en la pintura, en la música y en la literatura. Programas capaces de generar imágenes, componer melodías o escribir textos parecen poner en duda algo que durante siglos pareció evidente: que la creación artística era un territorio exclusivamente humano.

Sin embargo, lo que empieza a suceder en la práctica es más complejo.

Las herramientas basadas en inteligencia artificial no solo producen resultados. También modifican la relación que los creadores tienen con sus propios procesos. Muchas de las barreras técnicas que antes ralentizaban la experimentación comienzan a diluirse. Tareas que antes exigían tiempo, dominio técnico o una gran dedicación ahora pueden resolverse con mayor fluidez.

En algunos casos esto produce un efecto inesperado.

Lejos de paralizar, ciertas herramientas empiezan a funcionar como un espacio de ensayo. Permiten ordenar ideas, probar caminos narrativos o desarrollar pensamientos con mayor rapidez. No reemplazan la intuición ni la experiencia, pero sí reducen algunas fricciones del proceso creativo.

Algo similar empieza a observarse en distintas disciplinas.

En la música aparecen nuevas formas de experimentar con sonidos y estructuras. En la pintura, herramientas que amplían las posibilidades visuales. En la fotografía, un cuestionamiento profundo sobre qué significa realmente producir una imagen en una época donde estas pueden generarse de manera casi ilimitada.

En todos los casos aparece una misma tensión.

Si cualquiera puede producir una imagen, una melodía o un texto, entonces la pregunta ya no es únicamente cómo producirlos.

La pregunta pasa a ser otra.

Qué decir.
Desde dónde hacerlo.
Y por qué.

Tal vez la inteligencia artificial no esté reemplazando la creación humana. Tal vez esté obligándonos a enfrentar algo más incómodo: que la técnica, por sí sola, ya no alcanza para sostener una obra.

En un mundo donde producir imágenes, sonidos o textos se vuelve cada vez más fácil, lo que empieza a volverse verdaderamente escaso es otra cosa.

Una mirada.


¿Sobrevivirá el arte humano a la inteligencia artificial?

 Reflexiones sobre posteridad, ruido digital y el sentido de crear imágenes en un mundo que puede producirlas infinitamente.





Hace unos días me encontré pensando en algo que durante siglos formó parte casi natural del trabajo artístico: la idea de la posteridad. La posibilidad —remota pero persistente— de que una obra pudiera encontrar su lugar en el futuro, incluso si en el presente pasaba desapercibida.

La historia del arte parece reforzar esa esperanza. El pintor Vincent van Gogh murió prácticamente desconocido. El escritor Franz Kafka dejó instrucciones para que su obra fuera destruida. Sin embargo, décadas después, ambos terminaron ocupando un lugar central en la cultura occidental.

Durante mucho tiempo pareció razonable pensar que una obra podía quedar esperando su momento. Como si el tiempo funcionara como un filtro lento que, tarde o temprano, separaría lo valioso de lo trivial.

Hoy esa idea empieza a tambalear.

No porque el arte haya perdido valor, sino porque el contexto cambió radicalmente. La aparición de la inteligencia artificial introduce algo que la historia del arte nunca había experimentado: una capacidad prácticamente infinita de producción cultural.

Un sistema de IA puede generar miles de imágenes en segundos, imitar estilos, combinar referencias y producir variaciones interminables. Frente a ese escenario surge una pregunta inevitable: ¿qué lugar queda para la obra humana?

La respuesta rápida suele ser pesimista: que el arte va a perder valor o que los artistas van a volverse irrelevantes. Pero el problema quizás no esté ahí.

Durante siglos el desafío fue producir obra.
Hoy el desafío es ser visto entre millones de obras.

La escasez desapareció. Lo que escasea ahora es la atención.

En ese contexto muchas imágenes —humanas o generadas por IA— empiezan a parecerse entre sí. Repiten fórmulas, estilos, climas visuales. Y probablemente ese tipo de producción sea la que primero pierda relevancia, porque puede ser replicada de manera automática.

Pero hay algo que todavía resulta más difícil de automatizar: el contexto, la intención y la construcción conceptual de una obra.

El trabajo de Joan Fontcuberta es un buen ejemplo. Sus proyectos no funcionan sólo como imágenes; funcionan como sistemas de relatos, documentos falsos y ficciones que cuestionan la relación entre fotografía y verdad.

En ese caso la imagen es apenas una parte del dispositivo.

Tal vez ahí haya una pista para pensar el arte en el futuro.

Es posible que la posteridad ya no funcione del mismo modo que antes. Quizás las obras no sobrevivan aisladas, sino como parte de proyectos, archivos o cuerpos de trabajo que permitan reconstruir una mirada sobre una época.

También existe una posibilidad menos romántica: que gran parte de la producción cultural actual simplemente desaparezca. Muchas obras viven en redes sociales, plataformas o servidores que cambian constantemente. Paradójicamente, un óleo del siglo XVII puede tener más probabilidades de sobrevivir que una imagen digital publicada hoy.

Es posible que dentro de cien años nadie recuerde la mayoría de las imágenes que hoy circulan por internet.

Ni las generadas por inteligencia artificial.

Ni las hechas por artistas.

Tal vez la verdadera pregunta no sea si la obra humana sobrevivirá a la tecnología.

Tal vez la pregunta sea si algo de todo esto sobrevivirá al ruido.









 



¿Por qué deberíamos seguir respetando a la FAF/FIAP?

Desde hace años, la Federación Fotográfica Argentina (FAF) y la (FIAP )International Federation of Photographic  sostienen un sistema de evaluación que parece detenido en el tiempo, aferrados a criterios técnicos rígidos que ya no dialogan con la fotografía contemporánea. Para muchos artistas visuales, especialmente quienes trabajamos con lenguaje fotográfico desde lo conceptual, lo experimental o lo híbrido, esa estructura no solo resulta limitante: directamente nos excluye.

Las bases de los salones lo dejan claro.
Una intervención mínima, un ajuste que supere la corrección básica, una intención expresiva que altere la “pureza” del archivo… y la obra queda automáticamente descalificada. Como si la fotografía fuese un testimonio objetivo e intocable, como si el arte tuviera la obligación de seguir reglas de laboratorio. Paradójicamente, este modelo se sostiene mientras la fotografía mundial avanza hacia zonas cada vez más diversas: la manipulación digital, la construcción de escena, lo performático, la imagen expandida, el cruce con otras disciplinas.

Pero el problema no es solo técnico: es conceptual.

Muchas de las obras que hoy circulan por los salones de la FAF/FIAP tienen una factura correcta —sin duda—, pero dejan una sensación de vacío. Paisajes prolijos, retratos inofensivos, escenas congeladas en clichés. Imágenes que cumplen los requisitos, pero no dicen nada. La técnica como fin en sí mismo.

¿Dónde queda entonces el contenido? ¿Dónde la poética, la visión personal, la crítica, el riesgo?
El arte no puede ser solo una demostración de habilidad. El arte es pensamiento. Es pregunta. Es tensión. Y esas dimensiones, en gran parte de los salones tradicionales, ni aparecen ni parecen necesarias.

El artista visual no es un problema: es una ausencia provocada.


Cuando las reglas de un sistema no permiten que la obra de un artista entre, el mensaje es claro: esa mirada no es bienvenida. Y si las únicas imágenes autorizadas son las que responden a parámetros antiguos, el resultado es una comunidad encerrada en sí misma, celebrando siempre lo mismo.

Entonces, la pregunta inevitable es:
¿Por qué nosotros, los artistas visuales que investigamos, experimentamos y trabajamos con la imagen como lenguaje contemporáneo, deberíamos seguir respetando a la FAF / FIAP?

Respetar no es obedecer.
Respetar no es aceptar reglas obsoletas que reducen la fotografía al mero confort de la corrección técnica.
Respetar no es fingir que un sistema es representativo cuando solo convoca a un tipo de mirada.

Tal vez sea momento de decirlo sin rodeos: la FAF/FIAP no nos respeta, porque no reconoce la fotografía como arte.

La trata como deporte. Como competencia de destrezas. Como catálogo de “buenas prácticas”.
Pero el arte visual necesita otra cosa: criterio curatorial, diversidad estética, capacidad de diálogo, apertura a nuevas narrativas, sensibilidad para leer procesos y no solo píxeles.

Hasta que eso no ocurra, la distancia entre la fotografía contemporánea y la FAF/FIAP seguirá creciendo.
Y quizás la pregunta más honesta sea:
¿vale la pena seguir insistiendo en entrar a un espacio que nunca estuvo pensado para nosotros?

Claramente que no.**

No tiene sentido forzar una obra para encajar en un molde que jamás contempló la experimentación ni la mirada conceptual. Tampoco corresponde someter la creación artística a reglas que colocan la técnica por encima del contenido, la idea o la posición estética. Mucho menos buscar legitimación en instituciones que continúan aferradas a criterios que ya no dialogan con el presente.

La FAF y la FIAP pueden seguir celebrando imágenes prolijas, previsibles y ajustadas a sus normativas. Pueden sostener un circuito que confunde corrección técnica con valor artístico. Pueden seguir premiando fotografías que no interpelan ni arriesgan. Ese es su territorio.

El arte visual contemporáneo transita otro.
Un territorio donde el contenido pesa más que la técnica.
Donde la imagen funciona como pensamiento.
Donde el lenguaje visual se expande, se mezcla y se transforma.
Donde la fotografía es un dispositivo crítico, no un objeto para cumplir reglas.

Por eso se alienta a artistas y fotógrafos que sienten que sus obras quedan afuera de estos salones a comprenderlo de forma simple:
no se trata de falla técnica, sino de evolución estética.

Insistir en entrar a espacios que no reconocen esa evolución solo conduce a la resignación y al estancamiento.

La alternativa es más clara, más honesta y más valiosa:
apostar por caminos donde la creación tenga prioridad sobre la obediencia,
donde el contenido tenga peso real,
y donde la fotografía vuelva a ser lo que siempre debió ser: arte.

Hacia dónde va la fotografía (Reflexión personal)

 


A veces me pregunto si todavía hacemos fotografías o si simplemente dejamos que el mundo se multiplique en pantallas.
Vivimos rodeados de imágenes que aparecen y desaparecen antes de ser miradas. La fotografía, que alguna vez intentó detener el tiempo, hoy parece correr detrás de él.
Y sin embargo, algo en mí se resiste a creer que haya perdido sentido.

La irrupción de la inteligencia artificial cambió todo.
Ya no se trata solo de mirar a través de una cámara, sino de imaginar con ella —o incluso sin ella.
Las imágenes ya no pertenecen únicamente al mundo real: también nacen del error, del recuerdo, del algoritmo.
Y en ese cruce entre lo humano y lo artificial, lo cierto y lo inventado, se abre un nuevo territorio: la imagen como pensamiento.

No creo que la IA reemplace al fotógrafo. Más bien lo obliga a repensarse.

Deja de ser testigo para convertirse en constructor de sentido, en alguien que organiza el caos visual del presente.
Hoy lo técnico es fácil; lo difícil es decidir qué merece ser mirado, o mejor dicho, qué queremos que siga existiendo entre tanta imagen desechable.

En esta época, hacer algo distinto no significa buscar una estética nueva, sino dejar una huella que no dependa del impacto inmediato.
Las imágenes que perduran no son las más espectaculares, sino las que contienen una grieta, una duda, un eco.
Quizá la fotografía del futuro no sea una cámara ni un archivo, sino una actitud frente al mundo:
la de quien todavía intenta mirar con atención.

Porque mirar —de verdad mirar— se ha vuelto un acto de resistencia.
Y en ese gesto, aún late el corazón mismo de la fotografía.







El arte no necesita permiso para pensar




En el mundo del arte, existen formas muy refinadas de menosprecio.
No siempre son ataques directos: a veces se disfrazan de consejo.
Frases como “te falta culturizarte” o “deberías leer más” funcionan como pequeños gestos de poder, diseñados para ubicar al otro en un escalón inferior.

Pierre Bourdieu lo explicó hace décadas: la cultura puede ser un arma de distinción, una forma de marcar quién pertenece y quién no.
El conocimiento deja de ser un espacio de encuentro para volverse una frontera simbólica.
En lugar de abrir la conversación, se usa para cerrarla.

Lo irónico es que, en muchos casos, esos mismos “guardianes del saber” producen obras frágiles, sostenidas más en discurso que en mirada.
Son los que leen para legitimar lo que hacen, no para expandir lo que piensan.

Susan Sontag advertía que “la interpretación se ha convertido en la venganza del intelecto sobre el arte”.
Y tenía razón: cuando el análisis suplanta a la sensibilidad, el pensamiento se vuelve un disfraz.
Leer, estudiar, pensar, son actos fundamentales; pero leer no garantiza ver.
Y hay imágenes que piensan más que muchos tratados.

Decirle a alguien que “le falta cultura” es, muchas veces, una forma elegante de decir “tu forma de ver el mundo me incomoda”.
Porque la cultura real —la que importa— no consiste en acumular referencias, sino en saber mirar, conectar y crear sentido propio.
La verdadera inteligencia artística no se mide en citas, sino en riesgo.

Quizá el problema no sea la falta de lectura, sino subestimar al otro.




LUX ET UMBRA – El claroscuro como territorio fotográfico

 



Lux et Umbra
nace de una fascinación personal por el claroscuro barroco y por la teoría —no comprobada pero sugestiva— de que Caravaggio habría utilizado una cámara oscura como herramienta compositiva. Esta hipótesis, entre la historia del arte y la especulación técnica, fue el punto de partida para imaginar una serie fotográfica que no busca replicar obras, sino evocar una atmósfera: la tensión entre luz y sombra, entre presencia y ocultamiento.

Mi intención fue acercarme a la densidad emocional de la pintura barroca desde el lenguaje fotográfico contemporáneo. Trabajé con iluminación artificial cuidadosamente dirigida, creando escenas donde los cuerpos emergen desde la penumbra, las texturas cobran protagonismo, y la luz modela como si fuera pincel.

No busco hacer una fotografía “pintada”, sino preguntarme si la fotografía puede volver a tocar el tiempo de la pintura sin dejar de ser imagen. Si puede volver a hacer silencio. Si puede suspender la inmediatez para volver al misterio.

En un mundo saturado de brillo y velocidad, detenerme en la sombra fue también un gesto de resistencia. En ese espacio ambiguo —ni completamente visible ni del todo oculto— encontré una forma de expresar lo esencial, lo íntimo, lo no dicho.

por Javier Galli




La carpeta de los 10

Hoy se llamaría “colectivo de artistas”...En la década de 1950, un grupo de fotógrafos en Buenos Aires se unió para formar "La Carpeta de los Diez", una agrupación que dejó una huella indeleble en la historia de la fotografía argentina. Este colectivo, activo entre 1952 y 1959, se destacó por su enfoque autogestionado y su compromiso con la crítica constructiva y la difusión de su obra sin depender de instituciones oficiales.

Orígenes y Miembros

El grupo estaba compuesto por diez fotógrafos de diversas nacionalidades, en su mayoría europeos que habían emigrado a Argentina. Entre ellos se encontraban Fred Schiffer, Annemarie Heinrich, Anatole Saderman, George Friedman, Alex Klein, Max Jacoby, Juan Di Sandro, Hans Mann, José Malandrino y Boleslav Senderowicz. Su primera exposición colectiva se llevó a cabo en 1954 en la Galería Picasso, ubicada en la calle Florida de Buenos Aires. El nombre "La Carpeta de los Diez" hacía referencia a las carpetas individuales que cada miembro aportaba a las reuniones para someter sus fotografías a la crítica y análisis del grupo. Annemarie Heinrich describía estas reuniones como espacios donde cada uno traía una carpeta con sus fotos, las cuales eran criticadas por los demás, anotando opiniones detrás de las copias.

Impacto en la Fotografía Argentina 

La formación de "La Carpeta de los Diez" representó un hito en la fotografía argentina, ya que introdujo una nueva forma de colaboración y análisis crítico entre fotógrafos, alejándose de las estructuras tradicionales y concursos dominantes de la época. El historiador Adolfo Bécquer Casaballe señaló que, aunque este tipo de agrupaciones tenía precedentes en Estados Unidos y Europa, en Argentina fue un acto inaugural de encuentro entre fotógrafos con la intención de producir obra, analizarla y generar propuestas al margen de las instituciones.

Legado y Reconocimiento

Aunque el grupo se disolvió en 1959, su influencia perduró en el tiempo. En 2010, la Galería Vasari rindió homenaje a "La Carpeta de los Diez" con una exposición que reunió obras de sus miembros, destacando la diversidad estilística y temática que caracterizó al colectivo. Esta muestra permitió apreciar cómo se fue formando un canon en la fotografía de posguerra en Argentina, desde los retratos en claroscuro de Saderman hasta la fotografía de moda de Senderowicz. La historia de "La Carpeta de los Diez" es un testimonio del poder de la colaboración artística y la autogestión en la promoción y desarrollo de la fotografía como forma de arte en Argentina. Su legado continúa inspirando a nuevas generaciones de fotógrafos y colectivos artísticos en el país y más allá.


La Curva de Verani: Entre la Memoria y el Olvido

Cuando creé la serie La Curva de Verani, jamás imaginé que resonaría con tantas personas y abriría las puertas a conversaciones sobre las historias que moldean nuestra identidad colectiva. Recientemente, el medio local La Súper Digital publicó una nota que exploró el trasfondo de esta obra, destacando no solo el impacto artístico de las imágenes, sino también las emociones y preguntas que evocan. Esta serie nace de un lugar donde el pasado y el presente se encuentran: un cruce entre tragedia y memoria, entre lo contado y lo oculto. Las imágenes buscan capturar lo intangible, las voces que, aunque enmudecidas por el tiempo, todavía laten en el paisaje y en las cicatrices de quienes las habitan. Cada fotografía se convierte en un fragmento de un relato más grande, un rompecabezas de verdades a medio revelar. La publicación de La Súper Digital no solo da visibilidad a la obra, sino que también amplifica el diálogo. ¿Qué significa recordar? ¿Qué secretos guarda un lugar marcado por los ecos de la tragedia? Esta nota es un puente que conecta el arte con el contexto que lo inspira, y estoy agradecido de que esta serie haya encontrado un espacio en el corazón de quienes se atreven a mirar más allá de la superficie. Te invito a leer la nota completa aquí y a visitar la página dedicada a la serie La Curva de Verani, donde las imágenes esperan hablar por sí mismas. Más allá de la luz y la sombra, está el latido de las cosas que no se olvidan.

González Palma. Constelaciones de lo intangible

Podcast donde habla Luis Gonzalez Palma. Luz Mala es un programa de fotografía en la radio comunitaria El Brote, perteneciente a la Asociación civil Semilla del Sur de Villa Ciudad Parque, Calamuchita, Córdoba, Argentina. El universo de Luis González Palma está formado por constelaciones temáticas que orbitan alrededor de su obra en un ciclo de permanente ida y retorno. La identidad y la memoria –ejes de sus primeros trabajos- son abordadas desde el retrato con persistentes ecos a la pintura religiosa y al barroco. Otras temáticas que sobrevuelan su obra son la introspección, la intimidad, la reflexión sobre el poder y la representación de lo no visible. Su obra está teñida por una sinfonía de soluciones formales que son, en sus palabras, «un intento de darle cuerpo a los fantasmas que gobiernan las relaciones personales, las jerarquías religiosas, la política y la vida». En sus más recientes trabajos, los retratos se exhiben a modo de sudarios que han sido reconstruidos a partir de fragmentos dispares; cosidos como se cosen las heridas, convirtiendo las suturas en metáforas de nuestro tránsito por la vida.

7 Obras Maestras Que Fueron Rechazadas Por Los Críticos

 

El arte es difícil para todos. No solo porque el proceso creativo requiere de mucho esfuerzo mental y físico, sino también porque es un camino muy difícil de tomar. Hay miles de artistas profesionales alrededor del mundo tratando de “lograrlo”, y ser artista puede ser muy descorazonador. Sin embargo, el truco es seguir adelante a pesar de todos los obstáculos que te encuentres. Sin embargo, el truco es seguir adelante a pesar de los obstáculos, pero cuando eso torna difícil, vale la pena mirar atrás y buscar inspiración en los maestros, en arte y en más.

Las cosas no fueron tan fáciles como lo imaginamos para la mayoría de quienes hoy consideramos maestros. Ellos también lucharon, y es posible que hayan luchado muchísimo más de lo que nosotros necesitaremos hacerlo. Sin embargo, pudieron ver más allá del rechazo y las críticas, y se enfocaron en su arte porque creían en sí mismos.

Estos son algunos de los obstáculos que enfrentaron los más grandes artistas en sus vidas para que te inspires a seguir adelante y te des cuenta de que el rechazo es solo parte de la lucha que te ayuda a evolucionar como artista, y no el final de tu carrera.

Pablo Picasso



Tal vez Pablo Picasso sea el artista más conocido en todo el mundo, famoso por revolucionar el arte con su técnica innovadora y con su profundo entendimiento de la forma humana. Sin embargo, como sucede con cualquier otro gran artista, sus obras recibieron muchas críticas por ser “esquizofrénicas” e incluso “satánicas” en un principio. Carl Jung, un psiquiatra suizo, clasificó su técnica como “formas del inframundo”, algo malévolo y que no pertenecía a las galerías de arte. Llegó a decir: “En cuanto al futuro de Picasso, preferiría no tratar de hacer profecías, porque esa aventura interna es peligrosa y puede hacer que las cosas se detengan o a una separación catastrófica de los lados opuestos que estaban entrelazados”.

Bueno, tenía razón en algo, ¡era mejor que no tratara de hacer profecías!


Claude Monet

art criticism masterpieces
Sunrise, Claude Monet
El término “impresionismo”, nombre del movimiento artístico del que formó parte Claude Monet, fue acuñado por un crítico de arte llamado Louis Leroy quien trataba de criticar las obras de Monet en la Exhibición de los Impresionistas. Llamó a la pintura una “impresión” porque le pareció que la obra parecía incompleta y que demostraba una técnica pobre. “Impresión, de eso estaba seguro. Me estaba diciendo exactamente eso, pues estaba impresionado, tenía que haber algo de impresión en eso, ¡y cuánta libertad y facilidad para trabajar! El boceto preliminar para el patrón de un papel tapiz estaría mejor terminado que este paisaje marino,” escribió en una reseña muy sarcástica en una revista francesa llamada Le Charivari.

Paul Cézanne


En general, los impresionistas no eran muy populares con los críticos. Habían hecho su propia exposición, algo que no era común en esa época, para separarse del nepotismo y de las restricciones académicas de la sociedad elitista del arte. A Paul Cézanne llegó hasta a llamarle “loco” Marc de Montifaud, un crítico y autor francés. Al describir su obra maestra, Olympia, una pintura inspirada en las obras de Manet, el crítico dijo “el Sr. Cézanne apenas da la impresión de ser una suerte de loco, quien pinta en un estado de delirium tremens.”

Tanto Claude Monet como Paul Cézanne, o mejor dicho, todos los impresionistas, siguen manteniendo hasta hoy su posición como los artistas que llegaron a vender a los más altos precios (más de 100 años después de esa exposición).


Vincent Van Gogh

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The Red Vineyard, Vincent van Gogh

¿Quién no conoce la triste historia de Vincent Van Gogh? No, no estamos hablando de el espantoso incidente de la oreja. Nos referimos al hecho de que uno de los artistas más celebrados (actualmente) solo vendió un cuadro durante toda su vida, y apenas lo hizo por 400 francos (alrededor de 1000 dólares estadounidenses actualmente). La mayoría de los críticos simplemente rechazaban sus obras por considerarlas hechas por un principiante, y algunos incluso llegaron a decir que eran “extrañas, intensas y febriles.”


ada una de las pinturas de Vincent Van Gogh valen más de 60 millones de dólares hoy en día.

Marcel Duchamp

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Fountain, Marcel Duchamp

Todos sabemos que Marcel Duchamp es el artista conceptual más grandioso de todos los tiempos. Sin embargo, ¿sabías que su obra más famosa, la fuente, solo estuvo en la galería por un par de días y luego la tiraron a la basura? Las piezas que existen actualmente, que son exactamente 17, son réplicas ordenadas por el artista después de que se perdiese el original en 1917.

En caso de que te lo estés preguntando, se estima que cada una de estas réplicas vale más de 2 millones de dólares actualmente.

Andy Warhol

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Shoe, Andy Warhol

Andy Warhol, la cara del arte pop, fue sin lugar a dudas el artista más controversial e incorregible de su época. Los críticos reseñaban con despotismo sus obras llamándoles “fraudes estéticos” y le criticaban por reducir el mundo del arte a “un negocio automático”. En 1956, Andy Warhol donó una de sus obras (Zapato) al Museo de Arte Moderno de Nueva York. Poco tiempo después, el director del museo, Alfred H. Barr Jr. le escribió una carta a Warhol rechazando su obra (¡regalada!) “porque no había suficiente espacio en el almacén de la galería”. Explicó “debemos rechazar los regalos ofrecidos pues sentimos que no es justo aceptar como regalo esta obra que no sería expuesta con mucha frecuencia.

El Museo de Arte Moderno actualmente cuenta con 168 de las obras de Warhol en su colección privada, incluyendo Zapato.

Barnett Newman

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Cátedra, Barnett Newman

Barnett Newman fue uno de los pioneros en el movimiento del expresionismo abstracto que se apoderó del arte americano y uno de los artistas más influentes de su época. Sin embargo, no todo el mundo estaba impresionado por su técnica del campo de color. En una reseña para su exposición en el Instituto de Arte de Minneapolis, un crítico famoso llamado Frank Getlein comparó a Newman con un pintor de casas y dijo que el museo “se habría podido ahorrar una buena cantidad de dinero si solo hubiesen obtenido algunos planos y hubiesen hecho que los pintaran con rodillos los conserjes.”

En 2014 Fuego negro 1, una de las pinturas de Newman, se vendió por 84.2 millones de dólares, el récord más alto para el artista.

Todos hemos estado ahí. Cuando creas algo, te abres a las críticas. Bien sea que las pidas o no, las críticas de arte son difíciles de digerir. Entrenarte para aceptar y aprender de tus críticas más rudas es una de las habilidades más difíciles y gratificantes que puedes desarrollar como artista. Si los maestros lo hicieron, ¡podes hacero vos!

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El baño de Tomoko


 Primero fueron los gatos. En Minamata, oeste de Kyushu en Japón, los felinos enloquecían y saltaban al mar. Luego comenzó a afectar a los pescadores. Un leve hormigueo en sus miembros y labios se transformaba en entumecimiento. Antes de morir casi ni podían hablar. Y llegó al seno de los hogares con mujeres que parían niños con deformidades o ceguera.


Llamado el 'mal de Minamata', no era ningún virus ni bacteria sino un problema causado por la industrialización. Un severo envenenamiento con metilmercurio, desecho de una planta química de la corporación Chisso que era arrojado a las aguas. Miles murieron entre 1932 y 1968 sin que la empresa ni el gobierno hiceran algo por evitarlo.

Fue necesario un fotorreportaje de W. Eugene Smith publicado por la revista Life para que Japón y el mundo prestaran atención. Smith y su intérprete, una estudiante estadounidense de origen japonés -Aileen Mioko Sprague, luego su esposa- recorrían Japón para una exhibición de su obra. Llegaron a Minamata para una estadía de tres semanas y se quedaron tres años.

Rentaron la casa de una de las víctimas por 18 dólares al mes y compartían la cocina y el baño, donde revelaban sus fotos. 

La imagen emblemática es la de Ryoko Uemura, que sostiene a su hija Tomoko, muy afectada por el mercurio, durante un baño. Fue considerada la 'pietá' de la era industrial por los críticos y de acuerdo al New York Times el reportaje era "un caso de estudio sobre la política japonesa".

Aunque la foto fue posada de acuerdo con Smith, la familia solicitió luego que fuera retirada de circulación. La imagen no aparece en las más recientes antologías sobre el trabajo del fotógrafo. 

Un mes después de tomar esta imagen, el 7 de enero de 1972, Smith se unió a otras víctimas de Minamata en una protesta ante una planta de Chisso cerca de Tokio. Algunos empleados lo atacaron y le dejaron una lesión permanente en un ojo y un estado de salud delicado para el resto de su vida.

Este ataque se sumó a las heridas que había sufrido durante la segunda guerra mundial cuando cubría el avance estadounidense en el Pacífico, justamente ante las tropas imperiales japonesas. 

El incidente lo hizo conocido en el país y una tienda por departamentos de Tokio organizó una exhibición de su trabajo en Minamata. La visitaron 50.000 personas en 12 días y el gobierno finalmente tomó nota. 

Chisso debió pagar las primeras compensaciones en 1996 y para 2004 había erogado 86 millones de dólares. Tomoko, la niña del baño, murió en 1977 a los 21 años debido a diversas complicaciones. 

Smith permaneció en Japón hasta 1974 cuando por razones de salud regresó a Estados Unidos. Falleció en Arizona en 1978 con 59 años.  

Sebastião Salgado: La Mirada que Captura la Esencia Humana y la Naturaleza

 

Sebastião Salgado es uno de los fotógrafos más reconocidos del mundo, conocido por su capacidad única para capturar la esencia de la humanidad y la naturaleza en su obra. Nacido en 1944 en Minas Gerais, Brasil, Salgado ha dedicado más de cuatro décadas de su vida a documentar la condición humana y los paisajes naturales a través de la fotografía en blanco y negro, creando una obra que no solo es visualmente impactante, sino también profundamente conmovedora y reflexiva.

Los Inicios de su Carrera

Salgado no comenzó su carrera como fotógrafo. De hecho, se graduó en economía y trabajó como economista para la Organización Internacional del Café. Fue durante sus viajes de trabajo por África en la década de 1970 cuando descubrió su verdadera pasión: la fotografía. Poco después, dejó su carrera en economía para dedicarse a tiempo completo a la fotografía documental.

Compromiso con la Humanidad

Uno de los aspectos más destacados de la obra de Salgado es su compromiso con la humanidad. A lo largo de su carrera, ha documentado algunos de los eventos más impactantes del siglo XX, incluyendo la hambruna en el Sahel, la vida de los trabajadores en condiciones extremas, el genocidio en Ruanda, y los desplazados por la guerra y la pobreza. Su serie fotográfica más famosa, "Éxodos", es un testimonio visual de la migración humana, mostrando el sufrimiento y la resiliencia de personas desplazadas en todo el mundo.

Salgado tiene un enfoque único en su fotografía: no solo busca capturar la imagen, sino también transmitir la historia detrás de cada fotografía. Sus imágenes no son simplemente un reflejo de la realidad; son una llamada de atención a las injusticias y la desigualdad en el mundo.

Génesis: Un Tributo a la Naturaleza

En la última década, Salgado ha enfocado su lente en la naturaleza y el medio ambiente. Su proyecto "Génesis", que comenzó en 2004 y se completó en 2013, es una exploración de los rincones más remotos y vírgenes de nuestro planeta. Este trabajo no solo celebra la belleza del mundo natural, sino que también es un llamado a la conservación de nuestro entorno. Las imágenes de "Génesis" capturan paisajes prístinos, animales en su hábitat natural, y comunidades indígenas que viven en armonía con la naturaleza, ofreciendo una visión de lo que el mundo podría ser si aprendemos a respetar y proteger nuestro medio ambiente.

El Impacto de su Trabajo

El trabajo de Sebastião Salgado ha sido reconocido internacionalmente con numerosos premios y exposiciones en los museos más prestigiosos del mundo. Pero más allá de los galardones, su verdadero legado reside en la capacidad de sus fotografías para inspirar un cambio social y ambiental. A través de su lente, Salgado nos invita a reflexionar sobre nuestra humanidad, sobre la fragilidad de la vida en la Tierra, y sobre la urgente necesidad de proteger nuestro mundo.

Además de su obra fotográfica, Salgado y su esposa, Lélia Wanick Salgado, fundaron el Instituto Terra, una organización dedicada a la reforestación y la restauración del medio ambiente en Brasil. Este proyecto es un ejemplo vivo del compromiso de Salgado con el planeta, no solo como fotógrafo, sino también como activista.


Sebastião Salgado es más que un fotógrafo; es un narrador visual y un defensor de los derechos humanos y el medio ambiente. Su obra es un recordatorio de la belleza y la tragedia de nuestro mundo, y de la responsabilidad que todos tenemos de preservarlo. En un tiempo donde la imagen es omnipresente, Salgado sigue demostrando que la fotografía puede ser una poderosa herramienta para el cambio, capaz de tocar el corazón y la conciencia de quienes la observan.


Mas sobre Sebastiao: https://oscarenfotos.com/2013/02/23/sebastiao-salgado/




Fricción cognitiva para que tu mirada pase a otro nivel




 – Esta fotografía me MOLESTA. Hay algo que no sé si me gusta o no.

Esa fotografía ha generado en vos fricción cognitiva.




 La percepción es el proceso cognitivo a través del cual recibimos información y nos formamos una imagen de la realidad que nos rodea. Así, cuando percibimos una fotografía realizamos dos fases: recepción e interpretación, la primera es un factor físico; la segunda está directamente influenciada por los factores personales: cualidades cognitivas, emociones, proyecciones, creencias, autor u origen de la fotografía y cultura visual.

Por ello, ante la misma fotografía, la percepción de cada persona puede variar significativamente, esto se denomina relatividad perceptual.

Los seres humanos tendemos a interpretar lo que vemos en sintonía con nuestro sistema de creencias. Así, cada vez que miramos realizamos una interpretación individual provocando que unos estímulos se sobrevaloren, mientras que otros quedan omitidos, por eso,  si las llaves no están en el mismo lugar de siempre, no las encuentro.

También puede suceder que veamos fotografías que muestran situaciones totalmente nuevas para nosotros o que chocan con nuestro sistema de creencias, sobre qué es una buena fotografía, qué deben expresar o qué debe aparecer y no. Esas fotografías nos generan fricción cognitiva.

 

Juan José Reyes, promotor del Miami Street Photography Festival, argumenta que cuanto mayor es la fricción cognitiva más difícil es de comprender y aceptar la fotografía, pero a cambio se convierte en más perdurable y su huella emocional resulta más profunda:

“Si una imagen tiene una alta fricción cognitiva significa que no puede ser comprendida solamente al ser vista. La mente ha de trabajar para comprenderla y la emoción cambiará dependiendo de los diferentes factores internos, que siempre cambian.”




La persona que percibe (mira) es pasiva y se limita a recibir los estímulos externos para luego proceder y organizar su interpretación. Si se ajusta a sus esquemas, no hay problema, todo va bien.

La fricción cognitiva provoca irremediablemente disonancia cognitiva, en psicología hace referencia a la tensión interna y desarmonía del sistema de ideas, creencias y emociones que percibe una persona que tiene un conflicto que puede impactar sobre sus actitudes.

La teoría de Leon Festinger, sobre la disonancia cognitiva,  plantea que, al producirse esa incongruencia, la persona se ve automáticamente motivada para esforzarse en generar ideas y creencias nuevas para reducir la tensión, hasta conseguir que el conjunto de sus ideas y actitudes encajen entre sí, constituyendo una cierta coherencia interna.

En ese sentido las fotografías que no generan fricción cognitiva pasan, “sin pena, ni gloria”. Cuanta menor fricción, mayor rapidez de percepción, más facilmente vemos la imagen y mas satisfacción con el “bello” resultado.


¿Pero es eso lo qué queremos?

 

Hay una constante en las fotografías de Sebastião Salgado y es la fricción cognitiva. Sus fotos rechinan, son imágenes provocadoras.

Las fotografías de Diane Arbus son llamativas, gritan. Imágenes con tremenda fricción cognitiva, donde la función de la imagen no es que sea bella, sino descifrar la oscuridad, el misterio.

William Klein, el transgresor, él mismo era una fricción, pura rebeldía en sus imágenes que fueron entendidas posteriormente.

Gillian Wearing trabaja sobre un concepto de familia que puede doler.



Cuando vuelvas a ver una fotografía que te provoque fricción cognitiva cuestiónate y vuélvela a mirar. Posiblemente descubras muchas cosas sobre la vida, sobre ti mismo, que desconocías.

La fricción cognitiva puede provocar que una fotografía sea difícil de ver o entender. Pero es esta fricción es la que permite que el arte cumpla la función crucial de cuestionar el mundo.


Amparo Muñoz Morellà