Reflexiones sobre posteridad, ruido digital y el sentido de crear imágenes en un mundo que puede producirlas infinitamente.
Hace unos días me encontré pensando en algo que durante siglos formó parte casi natural del trabajo artístico: la idea de la posteridad. La posibilidad —remota pero persistente— de que una obra pudiera encontrar su lugar en el futuro, incluso si en el presente pasaba desapercibida.
La historia del arte parece reforzar esa esperanza. El pintor Vincent van Gogh murió prácticamente desconocido. El escritor Franz Kafka dejó instrucciones para que su obra fuera destruida. Sin embargo, décadas después, ambos terminaron ocupando un lugar central en la cultura occidental.
Durante mucho tiempo pareció razonable pensar que una obra podía quedar esperando su momento. Como si el tiempo funcionara como un filtro lento que, tarde o temprano, separaría lo valioso de lo trivial.
Hoy esa idea empieza a tambalear.
No porque el arte haya perdido valor, sino porque el contexto cambió radicalmente. La aparición de la inteligencia artificial introduce algo que la historia del arte nunca había experimentado: una capacidad prácticamente infinita de producción cultural.
Un sistema de IA puede generar miles de imágenes en segundos, imitar estilos, combinar referencias y producir variaciones interminables. Frente a ese escenario surge una pregunta inevitable: ¿qué lugar queda para la obra humana?
La respuesta rápida suele ser pesimista: que el arte va a perder valor o que los artistas van a volverse irrelevantes. Pero el problema quizás no esté ahí.
Durante siglos el desafío fue producir obra.
Hoy el desafío es ser visto entre millones de obras.
La escasez desapareció. Lo que escasea ahora es la atención.
En ese contexto muchas imágenes —humanas o generadas por IA— empiezan a parecerse entre sí. Repiten fórmulas, estilos, climas visuales. Y probablemente ese tipo de producción sea la que primero pierda relevancia, porque puede ser replicada de manera automática.
Pero hay algo que todavía resulta más difícil de automatizar: el contexto, la intención y la construcción conceptual de una obra.
El trabajo de Joan Fontcuberta es un buen ejemplo. Sus proyectos no funcionan sólo como imágenes; funcionan como sistemas de relatos, documentos falsos y ficciones que cuestionan la relación entre fotografía y verdad.
En ese caso la imagen es apenas una parte del dispositivo.
Tal vez ahí haya una pista para pensar el arte en el futuro.
Es posible que la posteridad ya no funcione del mismo modo que antes. Quizás las obras no sobrevivan aisladas, sino como parte de proyectos, archivos o cuerpos de trabajo que permitan reconstruir una mirada sobre una época.
También existe una posibilidad menos romántica: que gran parte de la producción cultural actual simplemente desaparezca. Muchas obras viven en redes sociales, plataformas o servidores que cambian constantemente. Paradójicamente, un óleo del siglo XVII puede tener más probabilidades de sobrevivir que una imagen digital publicada hoy.
Es posible que dentro de cien años nadie recuerde la mayoría de las imágenes que hoy circulan por internet.
Ni las generadas por inteligencia artificial.
Ni las hechas por artistas.
Tal vez la verdadera pregunta no sea si la obra humana sobrevivirá a la tecnología.
Tal vez la pregunta sea si algo de todo esto sobrevivirá al ruido.
