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¿Por qué deberíamos seguir respetando a la FAF/FIAP?

Desde hace años, la Federación Fotográfica Argentina (FAF) y la (FIAP )International Federation of Photographic  sostienen un sistema de evaluación que parece detenido en el tiempo, aferrados a criterios técnicos rígidos que ya no dialogan con la fotografía contemporánea. Para muchos artistas visuales, especialmente quienes trabajamos con lenguaje fotográfico desde lo conceptual, lo experimental o lo híbrido, esa estructura no solo resulta limitante: directamente nos excluye.

Las bases de los salones lo dejan claro.
Una intervención mínima, un ajuste que supere la corrección básica, una intención expresiva que altere la “pureza” del archivo… y la obra queda automáticamente descalificada. Como si la fotografía fuese un testimonio objetivo e intocable, como si el arte tuviera la obligación de seguir reglas de laboratorio. Paradójicamente, este modelo se sostiene mientras la fotografía mundial avanza hacia zonas cada vez más diversas: la manipulación digital, la construcción de escena, lo performático, la imagen expandida, el cruce con otras disciplinas.

Pero el problema no es solo técnico: es conceptual.

Muchas de las obras que hoy circulan por los salones de la FAF/FIAP tienen una factura correcta —sin duda—, pero dejan una sensación de vacío. Paisajes prolijos, retratos inofensivos, escenas congeladas en clichés. Imágenes que cumplen los requisitos, pero no dicen nada. La técnica como fin en sí mismo.

¿Dónde queda entonces el contenido? ¿Dónde la poética, la visión personal, la crítica, el riesgo?
El arte no puede ser solo una demostración de habilidad. El arte es pensamiento. Es pregunta. Es tensión. Y esas dimensiones, en gran parte de los salones tradicionales, ni aparecen ni parecen necesarias.

El artista visual no es un problema: es una ausencia provocada.


Cuando las reglas de un sistema no permiten que la obra de un artista entre, el mensaje es claro: esa mirada no es bienvenida. Y si las únicas imágenes autorizadas son las que responden a parámetros antiguos, el resultado es una comunidad encerrada en sí misma, celebrando siempre lo mismo.

Entonces, la pregunta inevitable es:
¿Por qué nosotros, los artistas visuales que investigamos, experimentamos y trabajamos con la imagen como lenguaje contemporáneo, deberíamos seguir respetando a la FAF / FIAP?

Respetar no es obedecer.
Respetar no es aceptar reglas obsoletas que reducen la fotografía al mero confort de la corrección técnica.
Respetar no es fingir que un sistema es representativo cuando solo convoca a un tipo de mirada.

Tal vez sea momento de decirlo sin rodeos: la FAF/FIAP no nos respeta, porque no reconoce la fotografía como arte.

La trata como deporte. Como competencia de destrezas. Como catálogo de “buenas prácticas”.
Pero el arte visual necesita otra cosa: criterio curatorial, diversidad estética, capacidad de diálogo, apertura a nuevas narrativas, sensibilidad para leer procesos y no solo píxeles.

Hasta que eso no ocurra, la distancia entre la fotografía contemporánea y la FAF/FIAP seguirá creciendo.
Y quizás la pregunta más honesta sea:
¿vale la pena seguir insistiendo en entrar a un espacio que nunca estuvo pensado para nosotros?

Claramente que no.**

No tiene sentido forzar una obra para encajar en un molde que jamás contempló la experimentación ni la mirada conceptual. Tampoco corresponde someter la creación artística a reglas que colocan la técnica por encima del contenido, la idea o la posición estética. Mucho menos buscar legitimación en instituciones que continúan aferradas a criterios que ya no dialogan con el presente.

La FAF y la FIAP pueden seguir celebrando imágenes prolijas, previsibles y ajustadas a sus normativas. Pueden sostener un circuito que confunde corrección técnica con valor artístico. Pueden seguir premiando fotografías que no interpelan ni arriesgan. Ese es su territorio.

El arte visual contemporáneo transita otro.
Un territorio donde el contenido pesa más que la técnica.
Donde la imagen funciona como pensamiento.
Donde el lenguaje visual se expande, se mezcla y se transforma.
Donde la fotografía es un dispositivo crítico, no un objeto para cumplir reglas.

Por eso se alienta a artistas y fotógrafos que sienten que sus obras quedan afuera de estos salones a comprenderlo de forma simple:
no se trata de falla técnica, sino de evolución estética.

Insistir en entrar a espacios que no reconocen esa evolución solo conduce a la resignación y al estancamiento.

La alternativa es más clara, más honesta y más valiosa:
apostar por caminos donde la creación tenga prioridad sobre la obediencia,
donde el contenido tenga peso real,
y donde la fotografía vuelva a ser lo que siempre debió ser: arte.