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Hacia dónde va la fotografía (Reflexión personal)

 


A veces me pregunto si todavía hacemos fotografías o si simplemente dejamos que el mundo se multiplique en pantallas.
Vivimos rodeados de imágenes que aparecen y desaparecen antes de ser miradas. La fotografía, que alguna vez intentó detener el tiempo, hoy parece correr detrás de él.
Y sin embargo, algo en mí se resiste a creer que haya perdido sentido.

La irrupción de la inteligencia artificial cambió todo.
Ya no se trata solo de mirar a través de una cámara, sino de imaginar con ella —o incluso sin ella.
Las imágenes ya no pertenecen únicamente al mundo real: también nacen del error, del recuerdo, del algoritmo.
Y en ese cruce entre lo humano y lo artificial, lo cierto y lo inventado, se abre un nuevo territorio: la imagen como pensamiento.

No creo que la IA reemplace al fotógrafo. Más bien lo obliga a repensarse.

Deja de ser testigo para convertirse en constructor de sentido, en alguien que organiza el caos visual del presente.
Hoy lo técnico es fácil; lo difícil es decidir qué merece ser mirado, o mejor dicho, qué queremos que siga existiendo entre tanta imagen desechable.

En esta época, hacer algo distinto no significa buscar una estética nueva, sino dejar una huella que no dependa del impacto inmediato.
Las imágenes que perduran no son las más espectaculares, sino las que contienen una grieta, una duda, un eco.
Quizá la fotografía del futuro no sea una cámara ni un archivo, sino una actitud frente al mundo:
la de quien todavía intenta mirar con atención.

Porque mirar —de verdad mirar— se ha vuelto un acto de resistencia.
Y en ese gesto, aún late el corazón mismo de la fotografía.







El arte no necesita permiso para pensar




En el mundo del arte, existen formas muy refinadas de menosprecio.
No siempre son ataques directos: a veces se disfrazan de consejo.
Frases como “te falta culturizarte” o “deberías leer más” funcionan como pequeños gestos de poder, diseñados para ubicar al otro en un escalón inferior.

Pierre Bourdieu lo explicó hace décadas: la cultura puede ser un arma de distinción, una forma de marcar quién pertenece y quién no.
El conocimiento deja de ser un espacio de encuentro para volverse una frontera simbólica.
En lugar de abrir la conversación, se usa para cerrarla.

Lo irónico es que, en muchos casos, esos mismos “guardianes del saber” producen obras frágiles, sostenidas más en discurso que en mirada.
Son los que leen para legitimar lo que hacen, no para expandir lo que piensan.

Susan Sontag advertía que “la interpretación se ha convertido en la venganza del intelecto sobre el arte”.
Y tenía razón: cuando el análisis suplanta a la sensibilidad, el pensamiento se vuelve un disfraz.
Leer, estudiar, pensar, son actos fundamentales; pero leer no garantiza ver.
Y hay imágenes que piensan más que muchos tratados.

Decirle a alguien que “le falta cultura” es, muchas veces, una forma elegante de decir “tu forma de ver el mundo me incomoda”.
Porque la cultura real —la que importa— no consiste en acumular referencias, sino en saber mirar, conectar y crear sentido propio.
La verdadera inteligencia artística no se mide en citas, sino en riesgo.

Quizá el problema no sea la falta de lectura, sino subestimar al otro.